Abstract
<jats:p>Las empresas familiares (EF) son consideradas el modelo de organización económica más antiguo y común, que abar- can desde pequeños negocios locales hasta grandes corporaciones multinacionales, estimándose que representan más de 2/3 del total de las empresas a nivel global e inclusive algunos reportes las sitúan entre 80 y 90% (Escalante, 2023), con una contribución al PIB mundial de entre el 70% y 90%. El Global Family Business Index (GFBI) enlista a 500 empresas de propiedad familiar más grandes del mundo, mostrando que en conjunto generaron US$ 8,8 billones en ventas totales anuales en el 2025. Encabezan la lista Walmart Inc., Grupo Volkswagen, Grupo Schwarz, Cargill Inc., y Ford Motor Company. También en América Latina, las EF constituyen la principal forma de propiedad privada en diversos sectores industri- ales. Aunque los datos específicos sobre el impacto económico de estas empresas en Ecuador son limitados, el estudio realizado por la UESS (Espinoza et al., 2021) revela un rol significativo, ya que “representan un 40 % del valor agregado bruto (VAB) de la economía, emplean a más del 90% de la población económicamente activa (PEA) y representan el 91% del total de empresas privadas formales del país” (p. 7), siendo predominantes en sectores como la agricultura, el comercio y los servicios. Aunque los estudiosos de la temática destacan la inexistencia de un consenso arraigado sobre el término “empresa familiar”, las características específicas fueron señaladas por Donnelly (1964) incluyendo la participación de los miem- bros de la familia en el negocio, su influencia en los factores clave del éxito empresarial, la composición del consejo de administración y las decisiones de sucesión. En suma, para este autor, la empresa familiar se caracteriza por la propiedad, la gestión y la influencia de una familia en las decisiones y objetivos de la empresa. Por ejemplo, una empresa puede ser considerada familiar desde su fundación si la familia posee la propiedad mayoritaria y participa activamente en su gestión. Más adelante, autores clásicos como Chua, Chrisman, & Sharma (1999) indican que existe acuerdo sobre tres ele- mentos esenciales del concepto: la propiedad, la empresa y la familia, siendo la sucesión intergeneracional un factor inseparable en este tipo de negocios. Por lo tanto, estas empresas se distinguen porque derivan valor tanto del éxito económico como del impacto emocional relacionado con la identidad familiar y el mantenimiento de los valores famili- ares a través del negocio (Cruz, Firray, & Gomez-Mejia 2011). Al respecto, las EF deben manejar un difícil equilibrio entre la perdurabilidad del legado familiar en la cultura organ- izacional y la prosperidad del negocio mediante la capacidad de innovar y cambiar; es decir, la posibilidad de alargar el liderazgo del fundador y al mismo tiempo la adaptación en el clima social, tecnológico, económico y cultural de una nueva generación (Boyd, Botero, & Fediuk, 2014). Esto supone un importante reto, considerando que solo el 30% de las empresas familiares pasan a la segunda generación, y apenas el 12% a la tercera (Espinoza et al., 2021). En cuanto a la transmisión generacional, algunas definiciones sugieren que la intención de transferir el negocio a la siguiente generación es un factor importante. Sin embargo, no existe un consenso absoluto sobre cuántas genera- ciones deben estar involucradas para que una empresa se considere familiar. Así, Donnelly (1964) define una empresa familiar como aquella en la que existe una estrecha identificación de la empresa con al menos dos generaciones de una familia, y donde este vínculo influye en las políticas de la empresa y en los intereses y objetivos de la familia. Mientras que, Ward (2011), la define como aquella donde la mayoría de los derechos de decisión son propiedad de la familia, con la intención de que el negocio continúe en manos de las siguientes generaciones. Por su parte, Astrachan & Shanker (2003) clasifican este tipo de empresas en función del grado de involucramiento familiar: desde negocios con un control mínimo por parte de la familia hasta aquellos en los que varias generaciones participan en la gestión. Inclusive, Camino-Mogro y Bermúdez (2018), construyeron una metodología que permite dif- erenciar a las empresas familiares de las no familiares, según su estructura de propiedad, adicionando un índice que determina el grado de poder que posee la familia sobre la empresa. En tal sentido, uno de los modelos más utilizados para analizar este equilibrio familiar - empresarial es el propuesto por Tagiuri y Davis (1982), llamado el modelo de los tres círculos (figura 1) al plantear que las EF se componen de tres sistemas interrelacionados: • Familia: Incluye a todos los miembros de la familia, independientemente de su participación en la empresa. • Propiedad: Comprende a los individuos que poseen acciones o participaciones en la empresa, sean o no miem- bros de la familia. • Empresa: Engloba a las personas que trabajan en la empresa, ya sean familiares o empleados externos. La intersección de estos círculos genera siete sectores que representan las diferentes combinaciones de roles que pueden existir en una empresa familiar, mostrando las complejidades y los posibles conflictos de intereses que pueden surgir al superponerse tales roles.</jats:p>