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Abstract

<jats:p>El fenómeno de la inclusión en la sociedad, además de ganar fuerza como discurso gracias a las luchas y exigencias de las comunidades -vulneradas y vulnerables- y las organizaciones que velan por la equidad en las oportunidades -económicas, educativas, socioafectivas, políticas, entre otras- continúa débil en la práctica de la convivencia cotidiana. Es por esto que hay que tomar el asunto de modo más directo, por ejemplo, diseñando e implementando estrategias no de inclusión porque es un terreno indefinido y podría ser infinito, sino de educación inclusiva que, en términos de Ainscow (2001) consiste en reducir y desdibujar paulatinamente las barreras del aprendizaje, en un ejercicio integrado y colaborativo. Esto enseña no sólo qué hacer en cada situación de discapacidad sino que amplía el espectro de comprensión en los pares, de las interacciones con las diversidades y la generación de alternativas para su atención. Este paradigma –de una educación para todos EPT- (Ainscow, 2003) se centra en cómo las modificaciones metodológicas y de organización en las aulas para favorecer a los estudiantes con barreras de aprendizaje, por sus condiciones, traen un sinnúmero de beneficios para todos los integrantes de un grupo, entre otros porque esta situación representa un reto y un estímulo para ellos y ellas.</jats:p>

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para inclusión entre esto porque

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